El interés compuesto es el principio financiero más poderoso que existe. Einstein, según la leyenda, lo llamó "la octava maravilla del mundo". No hace falta ser Einstein para aprovecharlo, pero si conviene entenderlo.
La idea es sencilla: los beneficios que genera tu inversión se reinvierten, y a su vez generan más beneficios. No es magia, es matemática. Pero el efecto acumulado a lo largo del tiempo sí parece magia.
Imagina que tienes una bola de nieve pequeña en lo alto de una montaña. Al principio rueda despacio y apenas crece. Pero conforme baja, recoge más nieve, se hace más grande, y cuanto más grande es, más nieve recoge por vuelta. Al final de la montaña, esa bola es enorme. Eso es el interés compuesto.
Benjamin Franklin donó 1.000 libras esterlinas a las ciudades de Boston y Filadelfia en 1790, con la condición de que lo invirtieran a interés compuesto y no pudieran tocarlo durante 200 años. En 1990, ese fondo valía casi 7 millones de dólares. El tipo de interés medio implicado es de apenas un 4,53% anual. Franklin no necesitó ningún activo milagroso — solo tiempo y paciencia.
La fórmula del interés compuesto básico es:
Ejemplo: 10.000 € al 7% durante 30 años:
Sin aportar un solo euro más, tu capital se multiplica por 7,6 en 30 años. Solo por el efecto del tiempo.
Cuando inviertes en acciones o fondos que reparten dividendos y los reinviertes, tu capital crece por tres vías simultáneas. Cada una alimenta a las otras, y ahí está el verdadero poder.
Cuando combinamos capital inicial, aportaciones periódicas y una rentabilidad constante, la fórmula financiera que lo recoge es la de una renta constante pospagable con capital inicial:
Ejemplo con nuestros valores por defecto: 5.000 € iniciales, 200 €/mes (2.400 €/año), 6% de revalorización + 3% de dividendos = 9% combinado, durante 30 años:
La pequeña diferencia respecto al simulador (~415.000 €) se debe a un supuesto diferente sobre el momento en que llega el dinero. En nuestro simulador adoptamos el supuesto del capital medio: como las aportaciones de 200 €/mes se producen a lo largo del año — no todas el 1 de enero — asumimos que en promedio solo llevan medio año invertidas, y lo mismo para los dividendos. Esto hace el cálculo más realista para aportaciones mensuales. La fórmula de rentas clásica, en cambio, asume que cada aportación anual se realiza a final de año completo, lo que infravalora ligeramente el capital acumulado. Ambos enfoques son válidos y dan resultados muy similares — la diferencia en este caso es de apenas un 5%.
La gente suele pensar que lo más importante es cuánto dinero inviertes. Está equivocada. Lo más importante es cuánto tiempo llevas invertido. El dinero se puede ganar. El tiempo, no.
Hay un experimento mental muy conocido entre inversores. Ana empieza a invertir 200 € al mes a los 25 años, y deja de aportar a los 35, solo 10 años de aportaciones. Pero no retira nada: deja todo su capital invertido y capitalizándose durante los siguientes 30 años, sin tocar un euro. Luis empieza a los 35 (10 años después que Ana) y aporta 200 € al mes sin parar hasta los 65, 30 años seguidos de aportaciones. Los dos tienen 65 años. ¿Quién acaba con más dinero?
Ana gana, y por bastante. Aportó 48.000 € menos que Luis y sin embargo acaba con 25.712 € más. No porque sea más lista ni más disciplinada, sino porque empezó 10 años antes. Esos primeros 10 años, cuando las cifras eran pequeñas, fueron los más valiosos de todos. Cada euro invertido a los 25 tiene 40 años para capitalizarse; el mismo euro invertido a los 35 solo tiene 30. Y esa diferencia, multiplicada por el interés compuesto, es enorme.
Si tienes un hijo o una hija recién nacida y abres una cuenta de inversión el día que nace con 5.000 € iniciales y 50 € al mes, cuando cumpla 30 años tendrá en torno a 148.000 € (bueno, algo más que una entrada). Sin hacer nada más. Eso es la base de su independencia financiera. Y tú habrás aportado en total solo 23.000 €.
El caso de Ana se modela en dos fases encadenadas. El de Luis es una sola fórmula de renta. Usamos una tasa del 7% anual y aportaciones de 2.400 €/año (200 €/mes × 12).
Ana — Fase 1: renta constante pospagable (10 años aportando)
Ana — Fase 2: capitalización compuesta simple (30 años sin aportar, el capital crece solo)
Luis — renta constante pospagable (30 años aportando sin parar)
Ana aporta 48.000 € menos que Luis y acaba con 25.712 € más. La clave está en la Fase 2: esos 33.159 € acumulados a los 35 tienen 30 años para multiplicarse por 7,6. Es la capitalización compuesta pura actuando sin interrupciones.
Un dividendo es la parte del beneficio que una empresa reparte entre sus accionistas. Si tienes acciones de, por ejemplo, Iberdrola o BBVA, cada año te pagan una cantidad por cada acción que posees. Puedes cobrar ese dinero y gastártelo, o puedes reinvertirlo comprando más acciones.
La diferencia entre las dos opciones a largo plazo es enorme. No porque los dividendos sean grandes al principio, sino porque los dividendos reinvertidos generan más dividendos, que generan más dividendos. El ciclo se retroalimenta solo, y con el tiempo se vuelve imparable.
Mira lo que ocurre con 10.000 € invertidos más 200 € al mes, al 6% de revalorización y 3% de dividendos reinvertidos:
El año 13 es el momento clave. A partir de ahí, los dividendos trabajan más que tú. Y no paran de crecer.
Los primeros años los números apenas se mueven. Es como ver crecer un árbol: no pasa nada visible de un día para otro. Pero 20 años después tienes un árbol enorme. La mayoría abandona antes de verlo.
Si depende de que tú lo hagas cada vez que cobras un dividendo, tarde o temprano lo olvidarás, lo pospondrás o te lo gastarás. La disciplina sola no es suficiente.
Automatizar. Que el sistema trabaje solo, sin que tengas que recordarlo ni decidir nada. Una opción es aprovechar las cuentas de reinversión de dividendos que ofrecen bancos como BBVA o Santander:
Contratas el producto una vez y te olvidas. Tu dinero trabaja solo mientras tú duermes, viajas o simplemente vives.
Saber más sobre cuentas de reinversión de dividendos →Warren Buffett lleva décadas recibiendo dividendos de Coca-Cola. Compró sus acciones en 1988 a un precio medio de unos 3,25 $ por acción. Hoy Coca-Cola paga 1,94 $ de dividendo anual por acción. Eso es una rentabilidad por dividendo sobre su coste original del 60% anual. Cada año, sin hacer nada.
Pon tus números y ve exactamente cómo puede crecer tu dinero año a año.
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